Coberturas 2022

Estimulante y envolvente, el concierto de Sigur Rós

No hay manera de explicarse cómo un concierto de Sigur Rós, en Guadalajara, puede no llenarse en el Auditorio Telmex, un espacio que tiene toda la infraestructura para recibir la propuesta multisensorial de una banda como la islandesa y dejar atónitos o arrebatar por momentos —ojalá fuera durante todo el set— la atención de los platicadores y los que solo asistieron por decir que fueron, aunque no hayan estado ahí viviendo, respirando y recibiendo la descarga de Jónsi y compañía el pasado jueves 05 de mayo. Realmente, asistir a un concierto de los islandeses es una experiencia musical de otro mundo, una obra maestra que incluye una escenografía minimalista, hermosos videos y una fascinante exhibición de luces, estimulante y envolvente como la misma música.

El setlist desplegado durante aproximadamente dos horas, conformado por canciones muy queridas por el público tapatío y algunas novedades (Gold 2 y Gold 4), así como temas que se tocaron por primera vez en cuatro años (Smaskifa y Ekki múkk), permitieron demostrar los alcances, vigencia y potencia que conserva la banda que combina el post rock con elementos clásicos, experimentales y minimalistas de una manera majestuosa desde su fundación a mediados de la década de los noventa.

A pesar de las palabras impronunciables en islandés y en hopelandic, el idioma inventado por Sigur Rós, no existió impedimento alguno para que el público emprendiera el viaje entre sonidos ambientales etéreos, paisajes sonoros y visuales que conectan con la naturaleza islandesa, abarcando valles de sonidos ligeros hasta volver a subir propulsados por picos pesados y eruptivos. Hace 14 años, esta fuerte conexión tuvo su primera muestra en Guadalajara, cuando la banda entregó un magnificó set en Calle 2.

Desde las primeras notas de la banda sobre el escenario, se creó una atmósfera que absorbió por completó al público y éste se entregó a la marea de sensaciones que inundó su cuerpo mientras Jónsi aserraba su guitarra con un arco sobre el filo del escenario. El viaje musical y visual, transcurrió entre luces de ensueño, disparadas vertical y horizontalmente o simplemente bañando, en destellos helados y cálidos a los aproximadamente 3,600 asistentes al concierto.

Llegó el descanso (¿necesario?) en el que hubo oportunidad de levantarse de los asientos, estirar las piernas, salir a tomar aire fresco (la sala del Auditorio era un horno con el aire acondicionado apagado) o simplemente compartir en redes sociales lo que estaba sucediendo al norte de la ciudad, como cuando Jónsi planeó sobre el público y nos tocó a cada uno con su particular falsetto que destacó por una respiración vocal larguísima.

El set de Sigur Rós concluyó con Popplagiđ, una de las canciones más emocionales, hermosas y devastadoras de la banda, con sus integrantes llevando sus instrumentos al límite durante el clímax tempestuoso de la canción. Al final, se respiraba una sensación en el aire de haber presenciado algo raro y precioso, al mismo tiempo, pero que no olvidaremos jamás.