Violencia y bailongo para cerrar el Corona Capital

Crédito: OCESA/César Vicuña.

Luego de una noche de sueño reparador y nutrido con las vitaminas de dos quesadillas ­-con queso­- de flor de calabaza, era momento de lanzarme de nueva cuenta al Autódromo Hermanos Rodríguez para el segundo round del Corona Capital 2018.

El día arrancó con la agradable sorpresa que fue San Fermín, quienes le pusieron un toque orquestal al inicio de la jornada. Pero no porque les diga eso hay que irnos con la finta de que se trata de música para escuchar bañado y con smoking. La propuesta de estos muchachos salidos de Brooklyn tiene una fuerte personalidad urbana que desde el principio nos puso a tono, con esa química que todos sus miembros transmiten en el escenario. Se nota que se la pasan bien haciendo lo que hacen, riéndose e intercambiando comentarios a media canción. De verdad le sacan fuego a sus instrumentos. Mención especial a su saxofonista, que nos dio un par de solos que demostraron que no todo son guitarras en esta vida.

Crédito: OCESA/Lulú Urdapilleta.

El gran descubrimiento del día fue en el Doritos Bunker, donde nos encontramos con esa maravilla llamada K. Flay. Esta morra es una reata. Se trata de una mezcla sorprendentemente hábil de rap que se revuelve con una buena dosis de indie rock. Blood in the cut es un rolononón que encarna exactamente qué significa el punk en 2018: poca reverencia por los géneros, una actitud de zero fucks en el escenario, una presencia capaz de apropiarse de la audiencia y lo que no debe de faltar: un sonido aplastante tanto en los instrumentos como ese martillo de palabras que es Kristine Flaherty con el micro. Chu-la-da.

Crédito: OCESA/José Jorge Carreón.

De ahí fue el momento de correr a ver qué pedo con Superoganism y su revoltijo de psicodelia de 32 bits. Cuentan con un show pop colorido tanto musicalmente como sobre el escenario. Esta es exactamente la clase de música que escucha en su cabeza tu compa que es fresón pero que se quedó arriba porque tiene acceso a drogas experimentales y por supuesto que abusó de ellas y que tiene su cuenta de Instagram llena de fotos de ese viaje a Nepal que, güey, neta me cambió y me permitió conocerme a mí mismo más a fondo, ¿sabes? La neta no son muy mi tipo, pero tengo que reconocer que hay mucha inventiva detrás de su música. Se notó que la gente que estaba ahí de verdad se la pasó bien, como el par de güeyes que se abrió paso hasta mero adelante llevando un par de tiburones inflables (como el logo de la banda) que hicieron las delicias del grupo y el público.

Crédito: OCESA/Salvador Bonilla.

De ahí nos pasamos con Deaf Havana, que nos sirvió un poco para tomar un respiro a mitad de la jornada. La música de estos vatos británicos es una apuesta segura en cualquier festival. Es rock alternativo de coros accesibles pensado para ser coreado por un montón de gente en un escenario que entre más grande mejor.

Crédito: OCESA/César Vicuña.

En el escenario principal ya comenzaban a perfilarse los actos grandes de la noche con la presentación de The Neighbourhood, quienes fueron aclamados por la audiencia desde el inicio de su show. Abrieron con R.I.P. 2 My Youth, que sonó más grande que la vida. Estos cabrones ofrecen un pop oscuro con tintes de hip hop que dejaron bastante satisfecha a la gente. Su frontman, Jesse Rutherford se mueve como pez en el agua en el escenario y se nota que la banda lo sabe, pues la mayor parte del peso de su espectáculo recae en su interacción con el público desde el plató.

Crédito: OCESA/Lulú Urdapilleta.

Tuve que dejar a medias el show de estos vatos para alcanzar a ver lo que fue uno de los highlights de la noche: The War on Drugs, que se presentaban por primera vez en México y, oye, nos dejaron a todos sin aliento. Con un show centrado en presentar el material de A Deeper Understanding (su más reciente álbum), dieron lo que fue el más pinche bonito de todo el festival. Porque, por más cursi que suene, de eso se trata esta banda: hacen música que es preciosa, suavecita como unos calzones nuevos. Afortunadamente las cuestiones técnicas estuvieron a la altura, cosa que siempre es importante pero aquí un poco más. Los diferentes miembros de la banda se integran en un óleo acústico donde cada instrumento es una pincelada y que es un agasajo saborear en vivo. Y esos solos de Adam Granduciel son casi religiosos, se te meten en los oídos poco a poco como lava que gotea hasta que se te acumula suficiente en el cerebro y de repente ¡pum! Se te está derritiendo la cabeza.

Crédito: OCESA/José Jorge Carreón.

Este fue otro show que me dio lástima no poder ver completo, pero también quería alcanzar a Chvrches en la Levi’s Tent, a la cual llegué atraído por los acordes de Get out que marcaban el inicio de su presentación. A pesar de que su más reciente producción dejó más que poco que desear, las nuevas rolas se incorporan bien en vivo, aunque por supuesto lo más coreado son las que ya están bien establecidas de discos anteriores, como Bury it. Y qué decir que los mejores momentos de Lauren Mayberry (quien se nota que no es una nacida para el escenario pero ha conseguido dominarlo a punta de trabajo) se entrega a los beats de sus compañeros y se permite volverse loca, como lo hizo en Science/Visions. Para mí, el set concluyó un par de rolas antes en una nota alta con Leave a trace, que nos dejó un grato sabor de boca y ganas de más.

Crédito: OCESA/Salvador Bonilla.

Mientras corría al Doritos Bunker para colarme a Nine Inch Nails, pasé por el escenario donde estaba Death Cab for Cutie tocando Gold rush y la cosa al parecer pintaba bien. Daban ganas de quedarse Pero, tristemente, no era posible. Tenía una cita con Trent Reznor a la que debía llegar a tiempo.

Afortunadamente no había tanta gente amontonada en los minutos previos a la salida al escenario de NIN y fue relativamente fácil abrirse paso hasta un buen punto donde mirar el espectáculo, el cual comenzó de forma abrupta con la aparición de Reznor, Atticus Ross y compañía, quienes de la nada salieron del humo acumulado en el escenario para sacudirnos con Mr. Self Destruct.

A partir de ahí comenzó un espectáculo no apto para epilépticos impecable donde pudimos saborear una bocanada de aire fresco con God break down the door (que nos dio la novedad de un Reznor haciéndose cargo del sax), la sensualidad atascada de Closer o ese bombardeo para los oídos que fue Starfuckers, Inc. Todo aderezado con unos visuales donde el camarógrafo hizo un enorme trabajo capturando a la banda con tomas esquizofrénicas y agitadas que reflejaban la naturaleza caótica del show que Reznor se montó.

Crédito: OCESA/César Vicuña.

En una de sus pocas interacciones con el público, el viejo Trent se limitó a disculparse “for our asshole of a President” antes de tocar la, como él mismo lo dijo, más vigente que nunca I’m afraid of Americans. Mientras tanto, en algún lugar en las estrellas, Bowie sonreía.

Como no podía ser de otra manera, el show culminó con el Autódromo cantando a todo pulmón Hurt, cuyo estallido final marcó la salida de NIN del escenario.

Sacudido y despeinado por tanta, llegó el turno de agarrar el bajón con los ritmos bailables de New Order, a cuyo escenario fue una chinga llegar porque ya quedaban pocos escenarios activos en el Autódromo. A estos chavos tuve que agarrarlos desde atrás, aplastado entre un montón de gente y a lado de un tipo que no dejaba de preguntar si ellos eran los que tocan la de Blue Monday.

A pesar de que alcancé el set ya comenzado, tuve la oportunidad de sacudirme la miseria contagiada por NIN al ritmo de canciones como Get ready o Bizarre love triangle.

-¡“Blue Monday!, papá, “Blue Monday”! gritó el güey que no dejaba de preguntar por la mentada rola cuando los británicos por fin la tocaron, lo que marcó el fin de su show.

O eso creímos, porque el momento favorito de la presentación fue cuando Bernard Sumner y los suyos volvieron al escenario unos minutos después, para interpretar nada más y nada menos que Love will tear us apart. Sobra decir el grito de colegiala que soltamos todos cuando la cara de Ian Curtis apareció en los monitores en el clímax de la canción, seguido de la declaración de “Forever Joy Division”. Nunca olvides de dónde vienes.

Crédito: OCESA/César Vicuña.

Fue así como terminó la edición 2018 del Corona Capital, la cual me dejó bastante satisfecho y con ganas de ver qué se viene para el próximo año, cuando el festival celebre su primera década de existencia.

Ojalá la próxima edición cierre con algo más interesante que Imagine Dragons.

Crédito: OCESA/Lulú Urdapilleta.

About Javier Armendáriz

Exiliado de Chihuahua. Lic. en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Aún no supera a Nirvana.
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