Steven Wilson: el manifiesto de un artista en la era de la posverdad

Crédito: Yorch Gómez / Teatro Diana.

Las instrucciones en los altavoces eran claras: a petición del artista, no está permitido grabar video o tomar fotografías con flash. Entre la visible emoción de la gente congregada en el Teatro Diana se respiraba también un cierto aire de solemnidad. “Este disco no se parece a nada de lo que ha hecho antes”, escuché mientras cruzaba el vestíbulo. Y al punto de las nueve de la noche, con un auditorio a reventar, el show arrancó con la proyección de un breve intro audiovisual que explora el concepto del que se empapa en su totalidad el último material discográfico de Steven Wilson: la percepción de la verdad.

Casi una década después de su último concierto en Guadalajara, en aquella ocasión aún como líder de la extinta Porcupine Tree (“I don’t remember it at all, was it good?”, se dio el lujo de preguntar), Steven Wilson presentó To The Bone este 17 de mayo ante el público tapatío con la promesa de que esta sería, ante todo, un velada larga. Imposible que no lo fuera con veinticuatro años de una trayectoria tan prolífica como respetada en la escena musical, signada por una atención obsesiva al detalle que jamás dejó de hacerse patente en las más de dos horas y media que duró la presentación.

Tenía razón la voz anónima del vestíbulo: To The Bone destaca por ser quizás el álbum más accesible, más “pop” a su manera de toda la discografía de Wilson, sin por ello perder ni un poco de la enorme seriedad y ambición artística que caracterizan a cada uno de sus proyectos. Es, en cierto sentido, un disco muy parecido a él mismo en cada uno de los momentos en que se dirigió, entre bromas y auténticas declaraciones de principios, a los presentes: “This is a guitar. They were very common back in the 20th Century”, dijo alzando la clásica Fender Telecaster 1953 y despertando las risas del público antes de tocar People who eat darkness, tema que describió como su mayor acercamiento (de ahí la elección de la guitarra) al rock and roll “…which is still not very close”.

Desde los dos exhaustivos sets —en los que clásicos de Porcupine como Lazarus, Don’t hate me y The creator has a mastertape se mezclaron con los temas más recientes de su carrera en solitario— hasta el más mínimo detalle sonoro y visual, todo esta noche gozó del sello distintivo del genio de Steven Wilson. Una cortina semitransparente colocada por momentos al frente de los músicos fungía como segunda pantalla de proyección en un espectáculo visual con tintes holográficos que en canciones como Pariah logró incluso paliar la ausencia de Ninet Tayeb, cuyo rostro se materializaba gigantesco sobre el escenario. Ella fue quizá lo único que pudimos haber extrañado en un concierto por lo demás perfecto en su realización estética y musical.

En una época en la que más que nunca la verdad se convierte en una percepción relativa, la de Steven Wilson es a un tiempo crítica y espejo, provocación y manifiesto: una concepción particular del mundo que se mide bajo sus propios —y muy altos— parámetros y que tiene asumida la importancia y seriedad de su labor creadora. Hacia el final del concierto, Wilson se encargó de dejar en claro que en su obra no hay ni habrá nunca lugar para el servilismo y la complacencia: “because the music industry is unique, because the music industry is not a service industry”, como sentenció entre frenéticas ovaciones aprobatorias. “Is not my job to cater for your expectations… and that, ladies and gentlemen, is what an artist is”.

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