Misa Negra con el Muertho de Tijuana

El Padre Santo durante la liturgia. Crédito: Héctor Navarro.

Describir una presentación del Muertho de Tijuana resulta un poco más complicado de lo que uno pudiera pensar a primera vista. Estamos hablando de un hombre ya entrado en años que se ha ganado una posición de culto en la música mexicana gracias a una extraña combinación de estética gótica, indeterminación sexual y cumbia. Es un cóctel serie B de ingredientes inverosímiles. Imaginen a Tim Curry en The Rocky Horror Picture Show revuelto con el cotorreo de la frontera norte y el Muertho de Tijuana es lo que sale de todo eso. ¿Se trata una obra maestra de la ironía? ¿Una celebración de la transgresión? ¿Tan solo un güey con un muy particular sentido del humor capaz de sacarle un par de ritmos bailables a su teclado? Quizá es todo esto al mismo tiempo. O quizá tan solo es momento de dejar de pensar mucho las cosas y ponerse a bailar, como bien lo hicieron muchos de los que se dieron cita en el Anexo Independencia la noche del sábado pasado. Hubo culos pelones y penes al aire. Show erótico. Un bautizo de cerveza gracias a Jesucristo aparentemente resucitado. Invocaciones a Lucifer. Ritmo sabroso y vacilón.

¿Cómo se llega a algo así?

Primero tuvimos un par de presentaciones de apertura cortesía de Ganz y Las Putas ante un foro que se fue llenando poco a poco antes del acto. Mención especial para Las Putas y su sonido punk simple, directo y lleno de valeverguismo. Rolas de dos minutos de sonido marrano y letras sin pelos en la boca. Tienen una canción titulada León Larregui se cogió a mi novia. “Siempre que la toco me pongo triste y me dan ganas de llorar a la verga” dice Asco Rodríguez, guitarrista y vocalista. Y pues sí, la verdad. Todos hemos estado ahí, carnal. Pinche Larregui no respeta.

A estas alturas del partido el foro ya está lleno y todos estamos a la espera de que el Muertho aparezca. De pronto comienza a sonar una cumbia y el Padre Santo hace acto de presencia, atravesando una puerta en medio del lugar. Camina hacia el escenario lentamente como el ídolo que es. La gente se le acerca para chocar puños, decirle que es la verga, tomarse una selfie. El señor de la oscuridad se abre paso hasta su teclado en medio del culto que le rinde su séquito de acólitos. “Ahora voy a tocar uno de mis primeros fracasos”, nos anuncia y comienza a sonar Malandro, una de sus canciones más reconocibles, como se nota cuando la mayor parte del público comienza a cantarla al unísono. Y así da comienzo la misa negra.

A esto le siguen otras finas piezas como Es mejor el rock (rayadas de madre a políticos, el Cruz Azul y el América incluidas) o Viejo decrépito. Entre rola y rola hace chistes y cuenta anécdotas cagadas, eso sí, siempre dejándole claro a su público lo mucho que lo aprecia. “Vamos a aplaudirle al Muertho para que no se suicide. Pinche viejito”, dice mientras alista su siguiente delicia musical.

“A ver si el DJ encuentra la canción de Moderatto que le pedí”, comenta y la pista de Crisis total hace acto de presencia, a lo largo de la cual el Muertho nos ofrece un show erótico que deja en vergüenza a cualquiera de los que se ofrecen en los respetables bules de nuestra Perla Tapatía. Camina de un lado a otro del escenario luciendo sus piernas flacas envueltas en ligueros. Lame crucifijos. Se quita el cinto y con él simula una felación. Se baja los calzones y nos mete un susto al hacernos creer que está castrado, con el miembro escondido entre las piernas. Con este performance, Balthazar Hernández —nombre civil de nuestro estimado Padre Santo— se confirma ante nosotros como algo que va más allá de la simple música, como un visionario que nos ofrece un show multidisciplinario.

Muertho 6

El asunto se vuelve más arrabalero a partir de aquí. El bailongo se pone bueno con Ha regresado, rola con que celebra el regreso de Jesucristo. Sus plegarias son escuchadas en el más allá y Cristo se materializa frente a nosotros en versión tapatía en los hombros de uno de sus compas. Se quita la camisa y baila como loco, agitando su panza chelera. “¿En dónde estabas, Nazareno?” le pregunta el Muertho al verlo volver de entre los muertos para tirar danzón. Alguien le pasa un vaso de cerveza a Jesucristo y este procede a santificar a los presentes arrojándola sobre sus cabezas, bendiciendo la cumbia con la Señal de la Cruz.

Aquí es cuando la noche llega a su cúspide, durante las rolas de Satánica y Rock para Satán. El Muertho invita a una morra y a un cabrón al escenario y estos se ponen a tirar desmadre. La morra, vestida como vampira de película del Santo, se agita como loca. “Bésame” ordena el Muertho y la morra se le entrega mientras el vato simula que se la coge. Luego él también besa al Padre Santo (y probablemente ahora tiene la vida eterna) antes de quitarse la ropa y enseñarnos las nalgas al compás del teclado. “Báilale, báilale, báilale. Bríncale, bríncale, bríncale” le ordena nuestro amo y señor de la cumbia durante todo el rato.

Luego de todo esto viene una sesión de entrenamiento al ritmo de Eye of the Tiger (o El Salto del Tigre, de Surveiver, como el Muertho la pidió al DJ) y otras bonitas canciones como El Lobo y Maldita Diabetes antes de cerrar con Lázaro. Luego las luces del foro se encienden. La gente comienza a abandonar el lugar, algunos otros se quedan para tomarse la selfie con el Viejo Decrépito y cotorrear. La Misa Negra llegó a su fin. Un rato después estoy en un Uber y el chofer me pregunta de qué era el concierto del que vengo. “Híjole, carnal”, pienso. “Para qué te preocupo”.

Muertho

About Omar Castañeda

CEO & Publisher. Escribo sobre música desde finales de la década de los noventa. Desde 2013 dirijo Sin Documentos MX y coordino el contenido editorial de la plataforma.
Bookmark the permalink.