La realeza se Corona en la Capital

Crédito: Salvador Bonilla / OCESA.

Luego de atravesar el laberinto de fritangas y potenciales robos que es el Metro de la Ciudad de México, llegué al Corona Capital y, apenas puse un pie, ya traía prisa porque a lo lejos se escuchaba Television romance de Pale Waves, así que en chinga me fui al escenario Corona Light a ver qué tal lo hacía en carne propia Heather Baron-Gracie y los suyos. Debo decir que dieron un arranque para el día que me gustó tanto como cuando los descubrí en su versión discográfica.

La neta estos muchachones góticos ingleses tocaron más temprano de lo que deberían, más que nada porque es raro ver a una banda así a plena luz del día. Pero bueno, con un disco y apenas su primera presentación en nuestro país (esperemos que de muchas), no se podía esperar mucho más. De cualquier forma, nos dieron una buena dosis de pop donde One more time fue de lo más coreado porque, sí, novatos y lo que quieran pero ya tienen una bien merecida audiencia en México.

A plena luz del día, Pale Waves. Crédito: Lulú Urdapilleta / OCESA.

Un rato después, en ese mismo escenario, el dúo Now, Now nos ofreció un poco más de pop, solo que en esta ocasión mucho más colorido, como el cabello de Cacie Dalager. Aunque aquí la onda es irse por un sonido suavecito, cuando Dalager se pone a cargo de la guitarra la banda no tiene miedo a tener momentos más estridentes, lo que le da variedad a su sonido que los beneficia mucho. MJ fue lo más memorable de lo que alcancé a ver de su set, antes de irme corriendo a ver a los de Pond en el Doritos Bunker.

Un olor extraño que no era precisamente a Doritos estaba presente en el escenario mientras tocaba Pond, de los que vi apenas sus últimas rolas, pero pues fue suficiente con escuchar Paint me silver y dejar que esa guitarrita juguetona te lleve a otra dimensión donde, cámara, carnal, pa’ qué te estresas, mira, mejor respira y aguántala, aguántala, aguáaaaaaaaaaaaaaaaaaantala.

Nick Allbrook, al frente de los australianos Pond. Crédito: Lulú Urdapilleta / OCESA.

Eso…

Aterrorizado por tanto libertinaje a mi alrededor, decidí dedicarle un rato a vagar por el autódromo para ver qué me encontraba. Ya ven cómo es este festival: outfits primaverales en pleno otoño, gente tomándose selfies, gente escribiendo cosas por WhatsApp, gente fumando cigarrillos electrónicos y demás cosas que en 20 años nos pondrán a todos nostálgicos mientras el sistema de pensiones se cae a pedazos.

Pasamos un rato por el show que Sparks traía montado y nos quedamos a un par de rolas antes de irnos a ver a Jenny Lewis, que ofreció un recital de indie folk que fue de lo más tranqui del día. Dos o tres rolitas con Lewis y me lancé al escenario principal para ver a Bastille.

A estas alturas de la jornada ya era hora de que salieran a relucir los pesos pesados y Bastille dejó claro que eso eran en el line-up. Nos dieron el primer momento emocional masivo con World gone mad. Entre su repertorio también estuvo Laura Palmer (es difícil que no te caigan bien unos güeyes que le ponen así a una rola) y la que fue uno de sus momentos álgidos, Happier.

Entonces llegó el momento de correr al otro lado del festival por cuestiones estratégicas. Fue así como me vi en medio del show de Panic! At The Disco, de los que solo tengo dos cosas que decir: la primera es que nunca me han gustado mucho y no tenía muchas ganas de ver su presentación. La segunda es que no hacerlo habría sido un error garrafal, pues se marcaron un show de primera línea, de lo que esperas que haga un proyecto de talla internacional. Todo principalmente al gran trabajo que Brendon Urie hace en el escenario. El hombre es un showman nato. Te cae bien, piensas que es tu amigo cuando habla con el público. Te dice que eres especial. En el escenario se desenvuelve como un pez particularmente agraciado en un agua que está ahí para servirle. La verdad es que hoy en día hay pocas bandas con un sentido tan natural del espectáculo como el que se marcan estos tipos.

El momento, de esos que luego luego fue obvio que estaban destinados a ser un éxito en redes sociales en tiempo real, fue el cover que hicieron de Bohemian Rapsody. Miren, la neta está de moda, pero no es fácil ponérsele al tú por tú a Freddie Mercury, y Urie lo hizo de manera impecable. Tremendo.

Panic! At The Disco se robó la tarde al interpretar certeramente ‘Bohemian Rapsody’. Crédito: Lulú Urdapilleta / OCESA.

A Panic! los dejé justo después de los honores a Queen para alcanzar a los chicos de The Jesus and Mary Chain. De ellos tengo que decir que, aunque dieron un show bastante cumplidor, me hubiera gustado ver algo más de energía de parte de los hermanos Reid (aunque tal vez es una cuestión de edad y yo ya estoy pidiendo mucho). Algo más de ganas en las vocales y una guitarra mucho más impactante que lo que nos dieron habría sido de agradecer. Aun así, esta banda cuenta con suficiente repertorio para asegurar el triunfo. Just like honey, como no podía ser de otra forma, fue un agridulce oasis de nostalgia eléctrica de lo más bonito. Y el final de la presentación, con I hate Rock N’ Roll transmitió un poco de esa energía que hubiera sido agradable ver en el resto de su set.

Los británicos pusieron el toque agreste al festival. Crédito: Salvador Bonilla / OCESA.

Una vez que los Reid terminaron, el público se puso medio agresivo para llegar al frente del escenario. Y es que se venía lo que prometía ser de lo mejor de la noche.

Lorde ya había tocado en un par de ocasiones hace cuatro años en México. En ese entonces era la revelación juvenil del pop. En 2018 y tras la edición de Melodrama, Ella Yelich-O’Connor, tenía la oportunidad de demostrar que lo suyo no fue un one hit wonder, sino de una artista con todas las letras.

Y lo logró. Vaya que lo logró. Una presentación como para colgar en el Louvre.

Con un show sencillo pero bien ejecutado acompañado de visuales y bailarines, Lorde dedicó la mayor parte de la noche a presentar el material de su más reciente álbum. Las odas al hedonismo que son Sober y Homemade dynamite dieron el arranque antes de volver la mirada hacia atrás con Tennis court, que sonó potente coreada por el público. Una de las grandes virtudes de esta chica es la manera en que, de forma deliberada o no, ha construido una narrativa con su discografía que de alguna manera es paralela a su propia vida personal y a la del público que ha crecido con ella a lo largo de media década. Si a eso le agregamos que la chica tiene un particular talento como compositora y un carisma que se le refleja en cada gesto, la combinación es una trampa mortal de la que es imposible escapar. Envuelta en un traje que parecía mitad de una loca, mitad pijama, mitad una especie de princesa, Ella se mueve por el escenario entre pedazos de una coreografía sencilla pero que refuerza con movimientos corporales la emotividad de su música en momentos viscerales como los de Hard feelings, con la morra en brazos de sus bailarines de un lado para otro, transmitiendo el booom booom booom booom y haciéndonos bailar a todos a su ritmo.

Liability fue el momento más emotivo en un set que tuvo pocos momentos bajos. Aunque el discurso de comparación con Frida Kahlo quizá se antojó un poco cliché, la noche estuvo impregnada por una sensación de particularidad. Ella no dejó de comentar que la noche era especial, pues se trataba de la última presentación del tour e hizo énfasis en que no volvería a tocar esas canciones en “un largo tiempo” (¿se viene otra temporada de silencio como el de hace unos años y del cual surgió su segundo disco?). Puede que todo sea parte del show, ya saben, lo que los güeyes que cantan dicen de ciudad en ciudad. Pero algo tiene la morra que hace que le creas cuando te lo dice. Quizás es esa manera que tiene de decir un chiste y luego soltar una risa medio ñoña o esos pasos de baile que, aunque están más practicados que hace unos años, siguen siendo medio raros a veces.

Lorde, uno de los actos más celebrados de las primeras horas de la noche. Crédito: Salvador Bonilla / OCESA.

Me gusta ir a conciertos por la música, obviamente. Pero hay otra cosa. Hay un aspecto religioso en el fondo de todo el asunto. Hay algo primigenio en juntar a miles de personas en un solo lugar y conectarlos a través un cántico. Pienso que, en un nivel u otro, eso andamos buscando los que vamos a estas madres. Por eso viajamos de una ciudad a otra y desembolsamos cantidades ridículas de dinero en el proceso. Andamos buscando ese no sé qué que te llevas retumbando entre las costillas de regreso a casa y que te eriza la piel cuando lo recuerdas, sin importar que hayan pasado años. No siempre lo encontramos, pero cuando sí, güey, entonces es oro. Lorde hizo que sucediera en la última canción de su set. Esos tres o cuatro minutos justificaron a todo el festival y convirtieron esa presentación en una de las más memorables de su historia. El coro de Green light fue una experiencia colectiva de miles de cuerpos subiendo y bajando en medio de un mar cargado de sintetizadores esmeralda. Ni siquiera lo recuerdo tan claramente ahora que estoy escribiendo esto. Solo recuerdo que cuando la rola terminó sentía como si me hubieran metido un kilogramo de anfetaminas en el cerebro. Recuerdo que tenía una sonrisa de imbécil y que ni me di cuenta de que Ella ya no estaba en el escenario. Recuerdo que los cabrones a mi alrededor tenían la misma sonrisa.

Todavía quedaba oportunidad de ver algo de los Chemical Brothers y a Robbie Williams, pero preferí no hacerlo. A veces hay que saber retirarse en el momento adecuado. Ese era un excelente final para el día.

The Chemical Brothers cerraron la primera jornada del festival. Crédito: Lulú Urdapilleta / OCESA.

 

Bueno, eso y que quería alcanzar el Metro.

About Javier Armendáriz

Exiliado de Chihuahua. Lic. en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Aún no supera a Nirvana.
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