Juan Pablo Villa y su póquer nipón-mexicano

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De gira por México, Estados Unidos y Argentina el cuarteto cosmopolita Cuatro Minimal hace escala en Guadalajara para presentar su disco La cola del dragón, grabado en Radio UNAM en 2014.

Con entusiasmo de orquestador Juan Pablo Villa, cuenta en entrevista para Sin Documentos MX la creación de este singular grupo formado previo al festival Sukiyaki Meets The World por él y Fernando Vigueras en el frente mexicano, Chang Jaehyo de Corea y el japonés Sakaki Mango.

Villa se acerca al canto cardenche, a sus motivaciones e inicios en la música vocal que lo han llevado a viajar por todo el mundo y a colaborar con poetas y artistas como Mardonio Carballo, Ricardo Castillo y Arturo López Pío. Éste último, creador del proyecto Cineamano.com lo acompaña en el show que dará con Cuatro Minimal en Guadalajara en el café Palíndromo.

Stip Contreras.- ¿Cómo inició Cuatro Minimal?

Juan Pablo Villa.- Tenemos cinco años. En 2011 hicimos una residencia artística en Japón, un mes completo para presentarnos en el Festival Sukiyaki Meets The World, ahí se estrenó Cuatro Minimal. Tres años después hicimos una residencia en México. Nos concentramos en trabajar en repertorio, a componer para grabar en Radio UNAM con Inti Terán nuestro primer disco. Salieron algunas canciones nuevas como La cola del dragón que le da título al disco. El año pasado hicimos tour en Corea y Japón, y ahora en 2016 vamos por México, Estados Unidos y Argentina.

Cada quien llegó con canciones propias para montarse dentro del cuarteto formado por Fernando Vigueras (México), Chang Jaehyo (Corea) y Sakaki Mango (Japón) y yo, ese fue el primer momento.

Nos juntamos, cada quien con un universo sonoro distinto. El japonés es una persona alegre, pero sus canciones son muy profundas. Sakaki nos sugirió una canción que se llama Small en dialecto japonés, en ella él menciona una frase que es, “muchísima gente pequeña haciendo cosas grandes”.

En México surgieron nuevas ideas y canciones, como Tears of Mokpo que habla de la despedida de un hombre que se va al mar en el pueblo pesquero de Mokpo en Corea, su esposa espera su regreso y nunca vuelve. Chang Jaehyo, une esto con la tragedia que tuvieron en Corea del hundimiento de un barco en 2014, que en lugar de que la autoridad rescatara a los pasajeros, sólo televisaron el suceso.

Corea y Japón, al igual que México, son pueblos pisoteados por sus gobernantes, pero que finalmente a través del arte logran cosas espectaculares y la vida se reconfigura.

Música en el agua

SC.- ¿Cómo fue tu primer encuentro con el canto y con la música?

JPV.- Mi formación fue con el piano desde muy pequeño. Se empezó a generar una relación entre lo que tocaba con el piano y el canto. Empecé a cantar la melodías que yo ejecutaba en el piano.

Había dos actividades que hacía en las tardes todos los días; tocar piano y natación. En éstos entrenamientos que eran muy largos, debajo del agua, repasaba todas las piezas que me tenía que aprender para los recitales, fue entonces que conecté la melodía, mi respiración y la voz cantada debajo del agua.

El escenario como altar

SC.- Sobre tu trabajo actual con improvisación en canto y también el trabajo académico ¿De qué forma consigues una cohesión entre la improvisación y lo académico?

JPV.- Cuando empecé a cantar con la guitarra y con el piano, busqué cantantes que usaran la voz de muchas formas, de música tradicional o contemporánea, de los primeros cantantes que escuché que hacían cosas espectaculares con la voz era David Hykes que hacía un canto multifónico.

Descubrí al mexicano Francisco Bringas, quien hacía canto bifónico o canto armónico. Empecé a escuchar a Bobby McFerrin y a artistas que utilizaban su voz no solamente para cantar, sino como un instrumento y un elemento sonoro.

Mi formación fue sobre todo clásica, pero comencé a fusionar mis canciones abriendo espacios para hacer solos, no solamente melódicos, sino con el acercamiento de la voz hacía técnicas expandidas. En ésta búsqueda llegué a la canción cardenche, música tradicional del norte del país, de la comarca lagunera.

Empecé a hacer un trabajo, como etnomusicólogo, de investigación de la canción cardenche, pero también fui al lugar, conocí a los señores, aprendí las canciones de viva voz, no sólo por grabaciones. Me marcó. Actualmente dirijo el Coro Acardenchado en el que retomamos la canción cardenche y la mezclamos con otras cosas y arreglos míos.

Decidí dejar a un lado la guitarra, el piano, y empezar a hacer conciertos de improvisación libre utilizando estas técnicas vocales. Viajé a estudiar a Francia, en México estudié con Eder Rosel, y me acerqué a una cantante neoyorquina que se llama Shelley Hirsch con quien pude hacer talleres. También trabajé con Joan La Barbara, a quien Morton Feldman y John Cage le hicieron música.

Comencé a hacer conciertos de improvisación, en los que empecé a mezclar canción cardenche y composiciones mías, y de esa manera logré hacer en 2007 un trabajo más sólido que lo grabé en La gruta de baba que son estudios e improvisaciones sobre la voz y dos canciones cardenches. Eso abrió las puertas para que pudiera entrar al ámbito de los cantautores, sino del jazz, de la música de improvisación, para películas, teatro, artes escénicas e involucrarme en procesos creativos como el que hice con Cabezas de Cera, Silvia Pérez Cruz y Raúl Fernández, una producción México- Catalana, que fue un trabajo de residencia artística.

He trabajado con el poeta Mardonio Carballo, en el que él hace poesía en náhuatl y en español y yo voy improvisando. También con Arturo López Pío en Cine a mano y mi trabajo solista fue algo que dio la vuelta al mundo, hicimos giras en Europa, Asia, América.

SC.- ¿Cuál es tu sentir cuando subes al escenario y cuando compones?

JPV.- El trabajo en solitario es necesario para la creación, reflexión, pensamiento y lo celo mucho. Siempre busco el momento, normalmente en la noche, en mi estudio. Soy como un León enjaulado, primero la creación tiene que suceder en la mente y muchas veces escribo sin siquiera ir al piano.

Al final llego a mi altar, que es el escenario. Es mi lugar sagrado, el lugar donde más dichoso me he sentido en la vida. Los hijos te cambian la vida y son algo impresionante, pero el escenario a nivel creativo e individual es lo que le da sentido a mi vida. Más allá de escuchar mis composiciones en películas o en obras, ejecutar en vivo lo que soy y lo que hago. Me considero un artista, sobre todo, escénico.

El investigador y sus ausencias

SC.- Un motivo de la canción cardenche es la tristeza o la despedida ¿Cuáles emociones te motivan a ti a componer?

JPV.- La canción cardenche me toca hondo y profundo, porque toca temas a los cuales ya estaba habituado como cantautor. Uno de mis temas más recurrentes era la ausencia, la muerte, el desamor.

Tuve una pelea en mi cabeza entre el mundo de los cantautores y la manera de hacer canciones, en los que hay algunos que me siguen gustando mucho, pero lo romántico en la canción nunca lo trabajé. Más bien probaba inventar nuevas palabras, lenguajes inventados, y transmitir no solamente a partir de una letra, sino de la melodía y de su intención.

Hay una canción que hago con Cuatro Minimal con letra mía, que se llama La ausencia, y que compuse a partir de la desaparición de los 43 estudiantes en Ayotzinapa. Son temas que me rondan la cabeza y voy trabajando.

Me sigue atrapando la soledad, la esperanza vista desde la oscuridad, en donde ves lejanamente el puntito de luz.

Me gusta pensar en los laberintos, soy un fanático de los rompecabezas. Pienso mucho que mi música va por ahí. Me atrae mucho Borges en ese sentido. Soy fanático del escritor y filósofo Nikos Kazantzakis, pienso en la profundidad del ser, el espíritu, Dios o sus ausencias.

SC.- ¿Qué virtudes y puentes encuentras en el canto cardenche con lo que se hace en la academia y en el canto profesional?

JPV.- Es un canto a capela, no hay acompañamiento con instrumentos. Eso lo hace único en nuestro país. Si la escuchas, tiene similitudes con los corridos, con la música de la revolución, pues tiene cerca de 120 años.

Se canta a voces y crean un movimiento polifónico. Se canta a tres voces actualmente, cuentan los viejos que se cantó a cuatro voces, pero no tenemos registro. Es plañidera, una canción sufrida. La cardenche es una espina del desierto que entra muy fácil a la piel, pero es muy difícil de sacar y además suelta un poco de veneno, arde mucho. Ellos comparan su música con la cardenche, porque hablan de la despedida, del amor y desamor.

También habla de la cruda, de algo que acompañó mucho a los campesinos de aquellos años, que fue el beber sotol mientras cantaban. Es cantada en español, son campesinos, no son un grupo indígena.

Otra particularidad es que se canta sin un tiempo establecido, no hay un pulso. Se arranca la primera, y de ahí ‘la marrana’ que es la voz de abajo o la grave y la contralta que es la voz más aguda, se agarran de la primera y entran cuando entran, es decir, se terminan su trago de sotol y van. Son frases largas cantadas a capricho. Se cuenta que hacían competencias de probar quien aguantaba más.

Tiene una libertad de cantarse a capricho, y siento que eso la une mucho con la música polifónica de Cerdeña en Italia y la música española. No improvisan, pero yo sí he juntado la canción cardenche con mis improvisaciones. La canción cardenche se siente profunda en México, pero en el extranjero, en donde no se habla español, lo que he sentido es que llega profundísimo, no importa que no se entienda el idioma, sino la intención del canto. Se logra transmitir de una manera mágica, mística y misteriosa.

Moverse en las artes a partir de la música

SC.- ¿Cómo vives y percibes el tránsito entre las artes, la literatura, la música?

JPV.- Efectivamente vengo de la música, pero también utilizo la palabra. Mis referentes son Oliverio Girondo que juega mucho con las palabras. Pero hay un artista mexicano que literalmente me cambio la vida cuando lo escuché, yo estaba en Guadalajara y llegué a una tienda y pregunté por algo único que se hiciera ahí, y me vendieron el disco de La calle honda de Ricardo Castillo y Gerardo Enciso. Castillo es un poeta que me ha marcado bastante, en este juego de la aliteración, de inventar nuevas palabras, de buscarle un sinsentido a las oraciones o un sentido abierto en el que dejas mucho espacio a la imaginación. Al mismo tiempo Ricardo Castillo es una persona performatica, no sólo lo lleva al papel, sino que también va hacia el escenario.

Yo lo vivo desde la música, no me considero un escritor para nada, honor a quien honor merece. También tengo la necesidad de utilizar palabras, y algunas son un lenguaje inventado, o frases incomprensibles que abren el imaginario de quien las escucha.

SC.- ¿Cómo es tu relación con los géneros musicales populares actualmente?

JPV.- Me acerco mucho a la música tradicional de los pueblos originarios del país. Así como también al huapango o el son jarocho. Yo, más que hablar de los defectos, hablaría de las virtudes de las músicas. Escucho música vocal, coral, de improvisación con la voz, así como música instrumental.

Ya estamos en una época en la que finalmente el género que utilices siempre podrás incluirle un poco de técnicas expandidas de tu mismo universo sonoro, es decir, ¿qué pasaría si las jaranas se tocaran de otra manera? por ejemplo. Las fronteras de la música están derribadas y los géneros musicales están abiertos a mezclarse con instrumentos distintos.

SC.- ¿Has tenido acercamientos con el cine o trabajo audiovisual?

JPV.- Mi acercamiento más valioso fue en el ciclo de bandas sonoras, Cine mudo a ritmo de rock organizado por la Cineteca Nacional y el IMER y yo elegí Nanook el Esquimal, justo porque hay una técnica que utilizo mucho que es propia de los esquimales, de los inuits. Fue un trabajo con visuales que hice y fue increíble. Trabajo también con Mardonio Carballo para Canal 22, en su programa La doble raíz.

About Omar Castañeda

CEO & Publisher. Escribo sobre música desde finales de la década de los noventa. Desde 2013 dirijo Sin Documentos MX y coordino el contenido editorial de la revista. Twitter: @OmCastan

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