El hombre que puso en trance a una ciudad con su acordeón

El Rebelde del Acordeón, como un hipnotista en C3. Crédito: Ignacio Robles de Loza.

La del pasado viernes fue noche de cumbia en el C3 Stage. El encargado de cortar el listón inaugural fue Dany Rudeboy, un vato de Tamaulipas especializado en canciones de desamor con que puso el toque sentimental a la velada ante un foro que desde temprano comenzó a poblarse.

Oriundo de Tamaulipas, Dany Rudeboy fue encargado de inaugurar la noche tapatía. Crédito: Ignacio Robles de Loza.

De corazones rotos y despedidas pasamos a un ambiente de fiesta con la presentación de Los Delicados, quienes entre gritos de “¡Culeros!” y “¡Queremos a Celso!” por un público ya ansioso, se plantaron en el escenario vestidos todos con trajes similares color crema para sin pensarlo dos veces armar una buena pachanga con su ecléctica mezcla de rock, cumbia y banda con uno que otro momento de salsa.

Estos muchachos pusieron los primeros grandes momentos de la noche, pues su música oriunda de Tlaquepaque abrió oficialmente la pista de baile, donde ya se veían las primeras figuras menearse entre la masa de gente. Los Delicados se despidieron en grande casi reventando su equipo con sus ritmos latinos llevados al extremo. Son como un grupo versátil pero en esteroides. Además, el vocalista tiene un look a la Vincent Vega. Quiero a esos güeyes en mi boda. Quiero casarme nomás por el desmadre que estos güeyes van a armar.

Los Delicados, banda local que logró calentar el ambiente con su propuesta. Crédito: Ignacio Robles de Loza.

Para cuando Los Delicados abandonaron el escenario, la gente ya estaba alborotada y no dejaron de soltar chiflidos mientras se instalaba el equipo del buen Celso.

No pasó mucho tiempo antes de que los miembros de la Ronda Bogotá salieran a escena y comenzaran a marcar el paso y a aplanar el camino antes de que Celso hiciera su aparición ante el público.

¡Y con ustedes: el maestro Celso Piña!

Celso aparece muy orondo, paseándose por el escenario mientras agita las caderas y saluda a su público, que lo recibe con un estruendo. Celso se toma las cosas con calma. Desde el primer segundo y durante toda la noche, será más que nada una presencia difusa en el escenario que solo se materializará en todo su esplendor en momentos puntuales. Se para junto a sus músicos y hace gestos de aprobación ante lo que está escuchando. Se contonea por aquí y por allá, picándose la nariz o poniendo los brazos en jarras. Luego toma el micrófono y pide un poco de calma para, uno a uno, presentar a los miembros de su grupo.

Una vez cumplidas las formalidades, inicia la cumbia.

Y nos dieron las diez fue una de las primeras rolitas que le pusieron sabor al show y en algún lugar Sabina sonríe y chasquea los dedos. Luego toca hacer un viaje a tierras de los Buendía con Macondo, mientras Celso sigue ahí, dirigiendo a su Ronda Bogotá con su sola presencia. Se da a desear mientras su acordeón descansa en el escenario, esperando el momento en que el regio lo tome y haga lo suyo. Cuando por fin Celso toma su acordeón y se pone al frente del escenario, se vuelve un hipnotista: sus dedos bailan sobre los botones de su acordeón y en el público una pareja con el pelo ya canoso gira y gira, tomados de una mano y con un vaso de cerveza en la otra; un compa marca la cumbia casi al ras del suelo para su morrita, que se mece brevemente frente a él mientras revisa su Whatsapp; un grupo en la parte de atrás tiene armado un círculo en cuyo centro un par de cabrones menea las caderas, bien echadas para atrás. El Rey del Acordeón toca su instrumento y nosotros somos cobras que salen de sus cestas serpenteando al compás.

La noche vira un poco hacia la melancolía cuando suena Los caminos de la vida. “Un clásico vallenato, dedicado a todas las mamaces y especialmente a las que están aquí hoy”, dice Celso y desaparece cuando la música comienza a sonar, para lucimiento exclusivo de su Ronda Bogotá, para reaparecer cuando es momento de interpretar Aunque no sea conmigo, que quedará exclusivamente en voz del público al momento de llegar a su memorable coro.

“¡La Reina de la Cumbia!”, pide un grupo en uno de los flancos del escenario, entre rola y rola.

El resto de la noche será un tornado musical en algún punto del cual volverá a desaparecer del escenario y dejará una parte del show en manos de su banda. La bailada sigue y sigue y Celso volverá al escenario para desatar la furia regia mediante la Cumbia poder.

A esas alturas del partido, el C3 Stage está perdido en la euforia. El foro entero se entrega a la bailada. Un güey con una playera de Nirvana va de un lado a otro echando saltos gritos, un cabrón vestido de pachuco cada vez tiene menos prendas y sus pies son flashazos que apenas tocan el suelo.

We, we, we, we, wea, la cumbia, we, we, we, we, wea.

Celso abandona una vez más el escenario, las luces del foro se encienden y uno que otro ya comienza a caminar hacia la salida, pero la mayoría se queda ahí, pidiendo más. La Ronda Bogotá pide al público que grite más fuerte para que regrese su líder. Luego de unos minutos, el regio vuelve a escena y le cumple su petición al grupo que llevaba toda la noche pidiendo La Reina de la Cumbia.

El público se vuelve a dejar llevar en los últimos minutos de baile que le quedan a la noche. Celso se despide del público. Se encienden las luces de nuevo. Guadalajara termina la noche sudada, despeinada, alborotada, apenas despertando del trance en que se sumió con el sonido del acordeón.

 

About Javier Armendáriz

Exiliado de Chihuahua. Lic. en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Aún no supera a Nirvana.
Bookmark the permalink.