El Coordenada se consagra en Guadalajara

Crédito: Ignacio Robles de Loza.

Cada vez hay más festivales en todo el país. Este año en particular, surgieron nuevos nombres que se sumaron al panorama musical mexicano para tratar de consolidarse como la opción en la que los melómanos decidirán gastarse una nada despreciable cantidad de varo en una tarde o dos de música, aglomeraciones, cotorreo y cerveza de alto costo. La experiencia puede describirse de muchas maneras en un espectro de inolvidable a traumática. Además de los nuevos eventos que llegaron al país este año, unos con mayor éxito que otros, también estuvieron presentes algunos que ya suman varias ediciones. Con todo y cambio de patrocinador, el Tecate Coordenada es uno de estos casos y, para bien del público tapatío, este año la experiencia fue un éxito. A pesar de contar con un line-up quizá demasiado ecléctico que podía interpretarse como un evento que no sabe exactamente a qué público le tira y que podía sentirse falto de novedades verdaderamente impactantes en el cartel, lo cierto es que el festival celebrado en el Parque Trasloma hizo alarde de una buena organización en tiempos, espacios y detalles que lo colocan como uno de los eventos mejor hechos en nuestra querida ciudad de jericallas.

La tarde del viernes comenzó más o menos tarde para nosotros y el primer acto que atrapamos fue el de Aterciopelados, quienes nos dieron un recorrido por los clásicos mezclados con material de su más reciente producción, Claroscura. El nuevo material no deja nada que desear en el repertorio en vivo y, a estas alturas para la banda, es un gusto verlos tan cómodos en el escenario, celebrándose a sí mismos en rolas como Dúo dinámico. Eso sí, la Echeverri se encabronó con el güey de los visuales porque no ponía de forma correcta las letras de las nuevas canciones en las pantallas y el pobre vato se llevó un par de regañadas en vivo hasta que agarró la onda. Como es de esperarse Bolero falaz y Florecita rockera fueron las favoritas del público. No hay grandes novedades que reportar con el show de estos colombianos, pero siguen cumpliendo con su presencia como un clásico latinoamericano de peso.

Con el calentamiento ya llevado a cabo, la banda ya estaba lista para darlo todo con Instituto Mexicano del Sonido. A ellos apenas los pudimos agarrar al final de su set porque anduvimos explorando el Trasloma un rato, pero no se puede negar que la gente sabía que era necesario armar la fiesta, como bien quedó demostrado con ese grupo de cabrones enmascarados que tenían un buen relajo entre el público, ya echando gritos y jalones y derramando cerveza y pasándola bien.

Camilo Lara, fundador del IMS. Crédito: Ignacio Robles de Loza.

La verdad, lo que más nos interesaba de la primera jornada era el show de St. Vincent, a la cual pusieron un poco demasiado temprano para mi gusto. Pero bueno, en cuanto terminó IMS nos pusimos a hacer guardia para tener un buen lugar antes de la llegada de Annie Clark.

Qué show fue el de St. Vincent. Sin exagerar, lo mejor de todo el festival. Con un show distópico y plástico, la que en 2014 lideró a Nirvana nos ofreció un show centrado en material de su más reciente y mejor placa de estudio: Masseduction. Mientras en el disco el material está más orientado a los sintetizadores, las versiones en vivo se ven adicionadas con las furiosas manos de Annie haciendo magia en la guitarra. Envuelta en un traje que imita un cuerpo desnudo provisto de una de alguna manera desconfortante sensación de falsedad, apoyada apenas por un par de músicos enmascarados y una chica asiática, Annie entregó un show brillante, salvaje, sexy (“Toca de una manera pornográfica, me dijo un amigo, embelesado por el show de Clark) que terminó en una nota melancólica con New York, prácticamente a capela y coreada por todos los presentes. Larga vida a St. Vincent. Esta morra es de las grandes.

Ah, denme un segundo para recuperarme.

Listo, le seguimos.

Luego de eso decidimos dar otra vuelta por el parque pero terminamos volviendo al mismo escenario para atrapar del show de Fobia. Y pues ya sabíamos que esperar: un público encantado con la cara más bonita del rock mexa. El buen Leo de Lozanne nos dio placeres dotados de lo bonito del confort con éxitos como El Microbito, Veneno vil y el mejor momento del set: Vivo, donde todos nos pusimos cursis coreando. Una afortunada tuvo un momento que será un injusto punto de comparación para los encuentros amorosos del resto de su vida cuando Lozanne la subió al escenario y se dejó querer por la muchacha durante toda una rola. Eso sí: qué bestia es Jay de la Cueva en la batería.

Entonces nos fuimos a ver el show de Zoé, que tuvimos que ver desde la parte de atrás porque el festival ya estaba atascado. Eso sí: nunca llegamos a estar así, aplastados y a punto de morir. Tal vez el Trasloma es lo suficientemente grande, tal vez se vendió la cantidad correcta de boletos, no sé, pero eso fue un detalle agradable.

Está muy chistosa la relación que tiene el público con Zoé, o más bien, con León Larregui. Sí, la neta son una buena banda. Sí, la neta creo que todos tenemos al menos una rola de Zoé que nos gusta. Te llevan a la secundaria, y a todos nos gusta volver a esos tiempos de acné y sueños húmedos, ¿a quién no? En fin, la neta está chido escuchar Paula, visualmente son una maravilla. Son una banda musicalmente interesante, cuando menos. Pero Larregui, el pinche Larregui. Cómo dicen pendejadas entre rola y rola, además de que se le olvidan sus propias letras. “Ya con esta nos despedimos y nos vamos a echar una meada”, nos comenta. Y nosotros le gritamos que se bañe a la verga. Y entonces tocan y la neta las rolas te traen recuerdos (al menos para mí, Zoé es más que nada un acto de nostalgia). Y luego Larregui dice otra pendejada y arruina el momento. Y termina el set. Y la relación amor-odio con esta banda continúa.

Crédito: Ignacio Robles de Loza.

Después de Zoé, decidimos ponerle fin a la primera jornada. A la salida pasamos junto al escenario donde estaba Mi Banda El Mexicano y al parecer estaba buena la cosa. Que quede constancia de eso.

El segundo día el tráfico estaba muy pesado y no alcanzamos a atrapar el show de Él Mató A Un Policía Motorizado, así que fuimos cabizbajos a llevarnos una gran sorpresa con Heavysaurios. Estuvo chido. Nos divertimos y aprendimos muchas cosas sobre el Heavy-Metal, como hacer la señal de los cuernos o un poco de headbanging. Mi nueva banda favorita, verdad de Dios. Además, el slam estaba bien perro porque era slam pero al mismo tiempo como un pasito de ronda. Y creo que es un héroe del rock el güey que toca la batería. O sea, toca la batería con una botarga de dinosaurio. Ni Keith Moon.

Con las cosas aprendidas gracias a los dinosaurios argentinos, nos fuimos a ver a Kase O. y me llevé una gran sorpresa. No sé mucho de hip-hop, la verdad. Pero este cabrón me voló la cabeza con sus rimas. El vato escupe rimas como balas y su desenvolvimiento en el escenario es de las cosas más fluidas que he visto. Puro flow que te lleva, te lleva, te lleva y ya no regresas.

La metralla de rimas a cargo de Kase O. Crédito: Lucía Ges / Vagabunda.

Sin saber cómo, solo vagando por ahí, terminamos viendo a The Voidz. El proyecto alterno de Julian Casablancas fue lo más experimental del día, con ese estilo medio electrónico, medio gótico, medio garage, medio no sé qué. Es interesante ver a Casablancas explorar como músico, y la verdad la banda tiene cosas notorias, pero también es cierto que en vivo en ocasiones se pierden un poco en su propio sonido y uno termina dejando de poner atención para revisar Twitter o ir al baño. Qué sé yo.

Julian Casablancas, al frente de The Voidz en Coordenada. Crédito: Lucía Ges / Vagabunda.

Para entonces el cielo ya estaba nublado y en el escenario de al lado comenzó Panteón Rococó. La verdad siempre me la paso bien con estos vatos. Sí, son de esas bandas que siempre están en el cartel y que tocan prácticamente lo mismo. Las mismas pinches rolas que suenan en cada pinche bar medio rockerón de toda México. Es de esperarse algo de hartazgo de parte del público. Y esas críticas son válidas, no se puede negar. Para mí son como viejos amigos y siempre se arma buen desmadre con rolas como Esta noche o La dosis perfecta. Y ya. Hay cierto gusto en los lugares comunes.

Ya bien mojados porque se armó la lluvia durante Panteón (y el festival no se arruinó por eso, aprende cómo se hace Force Fest), le llegó el turno al acto más teatral del fin de semana: Enrique Bunbury. El español hizo un recorrido por Expectativas, su último ábum, y pasó por toda su discografía y un puñado de temas de Héroes del Silencio. Bunbury habrá pasado ya por su pico creativo, pero que nadie diga que el tipo no sabe cómo tomar un escenario. Pantomimas exageradas, gestos de un lado para otro y un ambiente de lo más histriónico, junto con clásicos que son reintrepretados musicalmente para mantenerse frescos permiten que el señor se mantenga interesante y digno de verse.

El zaragozano volvió a repetir en una edición más de Coordenada. Crédito: Lucía Ges / Vagabunda.

Los que me sorprendieron fue The Offspring. La neta nunca me ha gustado el punk rock californiano, pero estos vatos dieron un show bastante sólido considerándolo todo. Esperaba encontrar a un montón de weyes de la mediana edad quedarse sin aliento a media rola, pero no. Tocan fuerte todavía, los cabrones. Y el público reaccionó bien. Hubo desmadre, hubo buen show, hubo buenos riffs. Perdón por menospreciarlos, vatos, pero la verdad cerraron bien la noche. El punk tendrá menos cabello y más panza, pero sigue de pie. Brindo por eso. The kids aren’t alright estuvo de huevos.

El espíritu adolescente de varios asistentes revivió con The Offspring. Crédito: Lucía Ges / Vagabunda.

No tuve aguante para Cypress Hill. Una disculpa.

About Javier Armendáriz

Exiliado de Chihuahua. Lic. en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Aún no supera a Nirvana.
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