Con ‘Tranquility Base Hotel & Casino’, Arctic Monkeys busca la evolución o la muerte

Crédito: Zackery Michael.

A estas alturas, decir que el nuevo álbum de Arctic Monkeys es diferente ya es caer en obviedades. Al momento en que se escriben estas líneas, Tranquility Base Hotel & Casino no lleva ni un día de que fue publicado y las redes sociales ya están explotando con comentarios a favor y en contra del último trabajo de los británicos. Y es que, sí, es un disco diferente, por decir poco. Pero la manera y el momento en que surge es lo que lo hacen, cuando menos, interesante. Estamos ante uno de los discos que más de que hablar va a dar en este año y de los que vamos a considerar icónicos en la producción musical de 2018, aunque aún no queda muy claro si será para bien o para mal.

Al parecer, 2018 es el año en que los grandes actos del indie rock que dominaron la década pasada se están declarando cansados de su propio legado. Lo hizo Jack White con el ecléctico Boarding Reach House y también Julian Casablancas cuando publicó Virtue bajo el monitor de The Voidz. Alex Turner toma su turno y presenta un disco que diverge por completo del trabajo que su banda había realizado hasta entonces. En el caso de los tres, independientemente de la opinión personal que se pueda tener de estas obras, hablan de una actitud saludable de parte de los músicos detrás de ellas: demuestran su negativa a ser esclavos de su propio éxito y de que se les asocie con un estilo fijo de sonido. De la ambición de plantearse una carrera que, para seguir viva, necesita recorrer terrenos completamente desconocidos.

En el caso de Arctic Monkeys, el momento parece apropiado. Y es que Tranquility llega justo después de AM, el que, con permiso de su álbum debut, probablemente sea tanto su mejor álbum como el más exitoso. Turner y compañía sabían que su siguiente paso tenía que ser una de dos sopas: seguir estirando el chicle de una fórmula que ya dominan (y que les ha cosechado éxito) a ver hasta cuándo funciona el truco, o dar un salto al vacío del que solo pueden salir o renovados o hechos pedazos. Ninguna opción era un camino seguro: el peligro de volverse irreconocibles o morir en la monotonía siempre está ahí.

Otra cosa interesante que esta clase de álbumes rompedores de una tradición plantean otra cuestión con respecto al público que los escucha: ¿hasta qué punto los seguidores de una banda están dispuestos a dejar que esta haga algo nuevo? ¿Hasta qué punto un disco de cualquier artista debe ser un disco que suene como se supone que debería de sonar o debería limitarse a ser un buen disco? Porque Tranquility no es para nada un mal disco. Pero también es exactamente la clase de álbum que para los que llevan años escuchando a estos tipos puede ser o una bocanada de aire fresco o una puñalada en la espalda. Y los británicos sabían exactamente que así iba a ser, ¿o por qué creen que no hubo sencillos que permitieran prever lo que se venía?

Algo que ya es loable para empezar es lo sorprendentemente seguros de sí mismos que los Monkeys suenan a lo largo de las once rolas que se encuentran en este trabajo. Se trata de una colección con un más que evidente estilo más orientado al lounge/jazz, eso se puede oler ya desde el título y cuyo interés en esta dirección ya se podía medio olfatear en ciertos momentos de AM. Para tratarse de una banda que se hizo de una reputación al ayudar en gran medida a construir el estilo de joviales riffs que han sido el pan de cada día en la radio durante la última década y media, es ya un triunfo que este disco, que pone mucho más énfasis en la calma y las texturas entretejidas alrededor de un ritmo de piano no suene a un experimento de ver qué es lo que sale de todo el asunto. En Tranquility no hay ni un solo momento rápido, ni un solo riff para cabecear, ni un solo momento de rock puro y duro. El álbum de verdad se esfuerza por dejar claro desde los primeros segundos que esto es harina de otro costal, con esas primeras notas que suenan como la invitación a un piano bar y que preparan el camino para la primera línea de Turner: I just wanted to be one of The Strokes / Now look at the mess you made me make. No hay manera más directa de decirles a tus escuchas que esto no es tu típico álbum de los Arctic Monkeys.

Durante cuarenta minutos, el disco recorre un camino de, no necesariamente baladas, pero sí tiempos lentos y arreglos tranquilos que, aunque sí llegan a acelerar en ciertos momentos, nunca llegan a volverse frenéticos. Lejos de eso. Esta tranquilidad es algo de lo que Turner toma el volante, tocando el piano y marcando con una voz que, sin caer en lo meloso, busca un medido melodrama en el cinismo. Y hay momentos en los que Jamie Cook adorna las canciones en un segundo plano con acordes que brillan por la sutilidad con que son efectivos.

Esta capacidad de no caer en los excesos es la mayor fortaleza del álbum y, al mismo tiempo, su pecado principal. Su espíritu contenido ata a estas canciones y no permite que florezcan en una expresión de genialidad que se puede intuir latente en cortes como Four out of five o Batphone. Aunque la banda se muestra cómoda en este nuevo territorio, nada en Tranquility da muestras de que se apropien por completo de este estilo y hagan magia con él. El disco está plagado de una sensación de que debería llegar mucho más lejos de lo que en realidad lo hace.

Tranquility Base Hotel & Casino es un parteaguas en la discografía de Arctic Monkeys. Mucha gente lo va a odiar por ser precisamente eso; sin embargo, es un disco que corre un riesgo enorme y que sobrevive a eso. No lo hace de una manera intachable, pero permite que del otro lado encontremos a una banda que revitalizada, encuentra nuevos campos para correr. Es un intento deliberado de romper con el propio legado, y precisamente ahí radica su mayor virtud y es que, chingado, de eso se trata cualquier tipo de arte.

Calificación:

8.5 / 10

About Javier Armendáriz

Exiliado de Chihuahua. Lic. en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Aún no supera a Nirvana.
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